Juárez: títere de la Doctrina Monroe

El pasado sábado, 17 de junio, se llevó a cabo un homenaje luctuoso al emperador Maximiliano de Habsburgo y a los generales de División, Miguel Miramón y Tomás Mejía, en la Capilla del Cerro de las Campanas, en Querétaro, organizado por el Frente Nacionalista de México y otras organizaciones ciudadanas.

El periodista Jorge Santa Cruz, director de Periodismo Libre, fue uno de los oradores. Su discurso giró en torno a las ideas expuestas a continuación

Fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía. Especial

Fusilamiento de Mejía, Miramón y Maximiliano, efectuado el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas, de la ciudad de Querétaro. Foto: Especial

Por: Jorge Santa Cruz (*)

El emperador Maximiliano de Habsburgo y los generales de División Miguel Miramón y Tomás Mejía fueron fusilados porque lucharon, en realidad, contra la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto.

El primer emperador, Agustín de Iturbide, había hecho lo mismo y también terminó sus días en el paredón.

Hoy podemos ver con toda claridad que los dos Imperios mexicanos sucumbieron ante el mismo enemigo: el extraño régimen republicano federalista, instalado por la Masonería en los Estados Unidos, con el fin de promover la sedición internacional e imponer un gobierno mundial.

Los cuatro mártires, Iturbide, Maximiliano, Miramón y Mejía, tuvieron claro -de una manera o de otra- que habían luchado contra un poder internacional que era y es, enemigo de la religión católica y de los conceptos cívicos más elevados: Nación y Patria.

Osaron desafiarlo y fueron ejecutados para satisfacer la sed de venganza de los sumos sacerdotes de la escuadra y el compás.

Juárez, el verdadero traidor

Desde hace 150 años, la historia oficial se ha dedicado a denigrar a Maximiliano, Miramón y Mejía.

Benito Juárez. Banco de México

Benito Juárez. Foto: Banco de México

Al Emperador lo ha puesto como un hombre ambicioso de poder. Lo cierto es que fue Juárez el que incurrió en cualquier cantidad de delitos con tal con tal de ser reconocido como el jefe del “Supremo Gobierno de México”.

A Miramón y Mejía les endosó el epíteto de traidores. Ambos fueron soldados que nunca rehuyeron el combate. Juárez, en cambio, se la pasó huyendo, cobijado por las tropas liberales.

El traidor fue don Benito. Demos algunas pruebas:

Fue Juárez el que asumió el poder a principios de 1858, de manera ilegal, contraviniendo las disposiciones aprobadas por los diputados liberales.

Fue Juárez el que, antes de salir huyendo de Guadalajara, delegó el poder en un cubano, el general Anastacio Parrodi.

Fue Juárez el que abandonó el país el 11 de abril de 1858, con rumbo a Panamá, Colombia, Cuba y Estados Unidos, con lo que canceló cualquier viso de legalidad, a su gobierno, en el supuesto de que hubiera tenido alguno.

Fue Juárez el que reapareció en Veracruz el 4 de mayo de 1858, tras dejar vacío el pretendido gobierno constitucional, por espacio de tres semanas.

Fue Juárez el que impidió, por decreto del 8 de noviembre de 1865, que el general Jesús González Ortega, a la sazón presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, lo sucediera como Presidente de la República.

Melchor Ocampo. INHERM

Melchor Ocampo. Foto: INEHRM

Fue Juárez el que consintió, en 1859, que José María Mata, yerno de Melchor Ocampo, ofreciera en hipoteca la Península de la Baja California, a los Estados Unidos, a cambio de 12 millones de pesos.

Fue Juárez el que ordenó, en ese 1859, el infame Tratado McLane-Ocampo que, entre otras cosas, otorgaba a Estados Unidos el control, a perpetuidad, del Istmo de Tehuantepec y le concedía, además, el uso de la fuerza militar, en territorio nacional, cuando así fuera dispuesto por el gobierno yanqui.

Fue Juárez el que solicitó directamente el ataque de tres barcos de guerra de los Estados Unidos contra dos naves mexicanas que estaban al servicio del gobierno del general Miguel Miramón, en Antón Lizardo, Veracruz, el 6 de marzo de 1860.

Por culpa de Juárez, la marinería yanqui mató e hirió a mexicanos en aguas mexicanas. La historia oficial guarda un cómplice silencio sobre todo esto.

El ameritado historiador mexicano, Luis Reed Torres, hace una justa valoración de la guerra de reforma y del Segundo Imperio.

En otras palabras, en el libre juego de las fuerzas nacionales es claro que los liberales estaban perdiendo la Guerra de Tres Años o Guerra de Reforma (1858-1860) y que, en esas condiciones, recurrieron a los Estados Unidos, su aliado natural por años, a fin de vencer finalmente a los conservadores. Aquéllos fueron, pues, sin duda alguna, los primeros en recurrir al exterior para aniquilar a su enemigo interno. Y asentar esto no implica ser conservador ni reaccionario, ni enemigo gratuito de Juárez; implica, en todo caso, ser partidario de la verdad, de la justicia histórica y, naturalmente, del propósito de hacer constar hechos históricos…¹

¿Y cuáles son esos hechos históricos? Devolvemos la palabra al historiador Luis Reed Torres:

Que el grupo contrario a los liberales haya acudido luego al viejo continente debe interpretarse como el reconocimiento de los conservadores de que con Juárez se podía, pero que no se podía con Juárez y los norteamericanos juntos. Contempladas bajo este prisma las cosas, no puede sino concluirse que la llamada intervención francesa, no debe en rigor sino ser calificada de contraintervención, con propósitos -por lo menos eso se esperaba de ella- de freno, de contención ideológica, racial, territorial y espiritual frente al coloso yanqui, cuya voracidad había resultado a México más que manifiesta y cuya expansión nos había costado tanta sangre y tanto dolor en 1847…²

Juárez fue, pues, un dictador que violentó sus propias leyes con tal cinismo, que careció de autoridad moral para juzgar y condenar a muerte al emperador Maximiliano y a los generales de División, Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Su cantaleta fue, siempre, la defensa de la Constitución de 1857, la cual contravino al expedir la Ley para Castigar los Delitos contra la Nación, Contra el Orden, la Paz Pública y las Garantías Individuales, del 25 de enero de 1862, con la que armó la farsa de Consejo de Guerra contra Maximiliano, Miramón y Mejía.

Maximiliano de Habsburgo. Especial

Maximiliano de Habsburgo. Foto: Especial

El artículo 13 de esta ley contemplaba la pena de muerte para quienes invadieran territorio mexicano; recordemos -sin embargo- que fue el propio Juárez el que pidió que tres buques de guerra estadounidenses invadieran las aguas mexicanas y mataran a soldados mexicanos.

El artículo 14, por su parte, estipulaba que los capitanes de los buques que se dedicaran a la piratería o al comercio de esclavos también serían pasados por las armas.

De manera paradójica, el 6 de marzo de 1860, las tripulaciones estadounidenses del “Wave”, el “Indianola” y el “Saratoga”, actuaron como piratas contra las naves conservadoras mexicanas “General Miramón” y “Marqués de La Habana”, a instancias de Juárez.

El anticonstitucional fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía

El artículo 128 de la Constitución Liberal de 1857 estipulaba que dicha Carta Magna no perdería fuerza y vigor, aun cuando alguna rebelión interrumpiera su observancia.

Miguel Miramón. Wikipedia

General Miguel Miramón. Foto. Especial

Para mayor precisión, ordenaba que una vez restablecido el orden constitucional, se juzgara a los integrantes del gobierno rebelde y a sus colaboradores, con arreglo a ella -la Constitución de 1857- y a las leyes que en su virtud se hubieran expedido.Pues bien, el artículo 13 de la Constitución de 1857 prohibía las leyes privativas y los tribunales especiales, como el que armó Juárez para condenar a Maximiliano, Miramón y Mejía.

El artículo 21 especificaba que la aplicación de las penas era exclusiva de la autoridad judicial.Además, prohibía la aplicación de la pena de muerte a los culpables de delitos políticos.

El mismo artículo 21 de la Constitución de 1857 reservaba la aplicación de la pena capital al traidor a la patria en guerra extranjera; al salteador de caminos; al incendiario; al parricida, al homicida con premeditación, alevosía y ventaja; a los delitos graves de orden militar y a los de piratería.

Ustedes juzguen los actos de don Benito, a la luz de lo que acabo de decir.

Concluyamos con dos datos contundentes:

El general Miguel Miramón fue un hombre de honor, que siempre se distinguió por su rectitud, tanto en lo privado, como en lo político o en el combate.

Miramón fue uno de los Niños Héroes que defendió el Castillo de Chapultepec aquel 13 de septiembre de 1847, ante las tropas invasoras yanquis.

Veintidós años después, Juárez y sus secretarios ofrecieron una comida de honor al ex secretario de Estado norteamericano, William Henry Seward, artífice de la victoria juarista sobre los conservadores. Esto ocurrió el 28 de noviembre de 1869, ¡en el Castillo de Chapultepec!

Miramón lo defendió; Juárez lo entregó simbólicamente al agente de la Doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, William Henry Seward.

Pedro Santacilia, yerno de Juárez y secretario particular de don Benito fue tan elocuente al adular a Seward que literalmente brindó por James Monroe.

El periodista y político liberal, Ignacio Manuel Altamirano, transcribió lo que dijo Santacilia:

Señores:

Se ha brindado ya invocando la memoria venerada de Washington, que representa en la historia del progreso democrático el gran principio de la emancipación colonial.

Se ha brindado también invocando el nombre imperecedero de Lincoln, que representa en la historia de la humanidad y del cristianismo e gran principio de la abolición de la esclavitud.

Yo vengo a invocar otro recuerdo, proponiendo un brindis de gratitud a la memoria de otro hombre que también representa un gran principio en la historia gloriosa de nuestros pueblos americanos.

Hablo, señor, del eminente estadista, del profundo político, del genio previsor que ha tenido la envidiable fortuna de dar su nombre a esa gran doctrina salvadora salvadora del nuevo mundo,y que será en lo sucesivo el verdadero lazo de fraternidad que unirá unas con otras, hasta formar una sola familia, las diferentes nacionalidades republicanas del hemisferio occidental.

Brindo, señores, a la memoria de James Monroe; y, brindo, además, porque tenga una completa realización práctica el gran principio proclamado por aquel estadista; porque la América sea para los americanos, y porque jamás se mezcle la política europea en los asuntos, sean cuales fueren, que acá se ventilen en nuestro mundo republicano.”

Tomás Mejía. Especial

General Tomás Mejía. Foto: Especial

Hoy, Puerto Rico está a nada de convertirse en el estado 51 de la Unión Americana.

Hoy, es noticia que el gobierno de Texas quiere finiquitar la expropiación de al menos 90 terrenos para poder construir el muro fronterizo prometido por el presidente Donald Trump.

También hoy es noticia la manera como Washington ordenó a México y a los países del Triángulo del Norte -Guatemala, El Salvador y Honduras- proceder a garantizar la seguridad del Imperio.

Hoy, de igual manera, es noticia que el secretario de Estado de la Unión Americana, Rex Tillerson rechazó participar en la cumbre de cancilleres de la OEA que arrancará el próximo lunes 19 de junio, en Cancún, Quintana Roo. Ese día, por cierto, se cumplirán 150 años del fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía.Tillerson enviará a su subordinado, John Sullivan.

Mucho podríamos hablar de la Doctrina Monroe y del Destino Manifiesto.

Podríamos hablar de cómo la CIA provocó el 68 mexicano para descarrilar el Desarrollo Estabilizador.

También, de los Tratados de Bucareli y de su secuencia, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Pero ni el tiempo ni las circunstancias lo permiten.

Estamos de cara a la Doctrina Monroe, la que según Pedro Santacilia, el yerno de Juárez, es la “salvadora del nuevo mundo, y que será en lo sucesivo el verdadero lazo de fraternidad, que unirá unas con otras, hasta formar una sola familia, las diferentes nacionalidades republicanas del hemisferio occidental”.

Una sola familia, concluyo, pero al estilo Puerto Rico.

Maximiliano, Miramón y Mejía; y antes, Iturbide, se opusieron a esta dictadura masónica y les fue la vida de por medio.

Por ello, lo menos que podíamos hacer hoy, era recordarlos con gratitud y admiración. Eso es lo menos, lo más lo dejo a criterio de cada quien. ¡Muchas gracias!

Notas:

  1. Luis Reed Torres. Al servicio del enemigo de México. 1806-2006, Bicentenario de un ¿Patriota? La Verdad sobre Juárez y el Partido Liberal. (México: edición del autor. 2006), 197.

  2. Ibid.

(*) Periodista mexicano.

@JorgeSantaCruz1

jlsc.ua@gmail.com

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