Complicidad: ¿patíbulo donde muere la justicia? Autor: Jorge Esqueda

Jorge Esqueda Hernández 1Por: Jorge Esqueda (*)

El asesinato del periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas ha cumplido una semana de que ocurrió sin que se conozcan pistas sólidas sobre sus autores o motivos, y todo hace suponer que seguirá el mismo camino de impunidad y semiolvido de la mayoría de casos similares, seis en lo que va de este año.

El 23 de marzo, hace dos meses, un caso similar había ocurrido en Chihuahua, donde la periodista Miroslava Breach también fue asesinada, en un estilo de ejecución que, como el de Valdez, no deja lugar a dudas de la acción del crimen organizado ¿pero cuál organización y por qué?. A dos meses tampoco hay resultados concretos, pero sí casi llegan a 107 el número de periodistas asesinados en el país desde el 1 de diciembre de 2012.

Si de algo sirve, debe anotarse que los casos Valdez y Breach ocurrieron en administraciones gubernamentales recién iniciadas: casi seis meses en Chihuahua del panista Javier Corral y cuatro del priista Quirino Ordaz Coppel en Sinaloa. Ambos crímenes, quieran o no, más que dejarán mancha en esos gobiernos, la que se expandirá conforme pase el tiempo y sigan sin resolverse.

Parece inútil que tanto en esos como en otros casos se recurra a las autoridades de cualquiera de los tres niveles de gobierno, ya que la historia detrás de situaciones similares indica que tampoco ha habido resultado o si se dan, se hunden en la falta de credibilidad, como el caso del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril, donde incluso hay sentenciados pero que a dos años de haber sucedido, el próximo 31 de julio, se sigue insistiendo en indagar los posibles vínculos con el exgobernador de Veracruz Javier Duarte sin que haga.

Lo que envuelve a todos estos casos no solo es la sospecha o la huella clara del crimen organizado, sino la falta de credibilidad en las indagaciones policiales y que contamina a la acción de los jueces. Esa falta de credibilidad, que en realidad se da en todo el aparato de justicia mexicano, tiene una ruta muy clara que junto a la sombra del crimen organizado, al seguirse apunta a problemas y soluciones.

En unos casos inicia con la indiferencia de los cuerpos policiacos a las acciones que avisan de que ocurrirá un delito vinculado con el crimen organizado.

Esa indiferencia inicial debe diferenciarse del miedo que asalta a los integrantes de los cuerpos de policía y que es paralizante. La indiferencia no es solo por la falta de compromiso con sus tareas, sino por adelantar que si se actúa, de todas formas mañana o pasado ocurrirá lo que hoy se impidió. El miedo es saber que habrá consecuencias negativas contra los agentes policiales que intervienen en contra del crimen organizado y que será muy difícil evitarlas.

Luego se encuentra muy claramente la complicidad de los elementos de los cuerpos policiales. Es una complicidad que a veces es pasiva, es decir, que basta con no actuar y sus diversas modalidades (llegar tarde al lugar de los hechos, por ejemplo) pero sabiendo de antemano lo que va a ocurrir y ayudando con esa pasividad, con conocimiento de causa, a que el crimen ocurra.

Luego se encuentra la complicidad activa, donde elementos policiales dan cobertura a los ejecutores de los delitos, les proporcionan armas o son ellos mismos quienes cometen los hechos delictivos. Si bien es cierto que un juez no sancionaría de la misma manera a un policía cómplice activo que a uno que dejó hacer a los delincuentes sin mover un dedo, la realidad es que los dos se habrán sumado a la red de la delincuencia organizada.

Por lo que conocemos de los casos esa complicidad siempre existe pero no se combate. En el caso de Valdez surgió ahí cuando se dijo que se había tratado de un robo de vehículo, mientras las evidencias y los testigos que días después se han atrevido a hablar, señalan que fue una ejecución sin más.

¿Y que decir de que no haya videos porque solo funciona nueve por ciento de las cámaras de seguridad pública en Culiacán? Se atribuye a falta de presupuesto para el mantenimiento del equipo, algo insostenible en la capital de un estado asolado por la violencia y que económicamente no es pobre.

Es, entonces, ¿un problema de complicidad? La complicidad está presente, pero todo lo que se ha salido a la luz con el robo de combustible ha elevado de manera exponencial el problema. Pobladores de escasos recursos que se juegan la vida extrayendo la gasolina, guardándola y luego vendiéndola. Empresas grandes que las usan en sus flotillas y propietarios de gasolinerías que sustituyen la de origen legítimo por la robada, sin olvidar a trabajadores y funcionarios de PEMEX. Una complicidad social desde antes del gasolinazo de enero que ha ido creciendo.

Y en ese marco todas las autoridades se ven rebasadas, sin atinar a acciones eficientes ni coordinarse ¿en otra muestra de complicidad o solo de ineficiencia?

La complicidad pasiva o activa y por lo que se ve, a todos los niveles entre los encargados de prevenir y perseguir los delitos, muestra hasta donde se ha extendido el crimen organizado en el país, lo difícil que es controlarlo y más extirparlo, así como el contagio que se da en muchos ámbitos sociales, sin contar con que las prioridades políticas de las autoridades parecen estar en otro lado.

(*) Periodista mexicano

j_esqueda8@hotmail.com

Escrito por

Periodista, profesor universitario y consultor en Comunicación y Periodismo.

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