Trump: ¿enemigo del gobierno mundial?

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@JorgeSantaCruz1

Toda persona, por el hecho de serlo,, tiene identidad propia. Lo mismo sucede -guardadas las proporciones- con cada ser vivo (vegetal o animal). Cada uno sólo puede ser él mismo y no otro, por mucha semejanza que exista entre ambos.

Tan simple conclusión deriva del principio de identidad, que establece que toda idea es igual a sí misma. Por lo tanto, la “A” sólo es igual a la “A”; la verdad, a la verdad y la mentira, a la mentira.

El principio de contradicción, por su parte, establece que cualquier un que afirme, no puede negar, al mismo tiempo. Así, tenemos que la “A” no puede ser igual a la “B”. La verdad, entonces, no puede ser igual a la mentira.

Un tercer principio, el de tercero excluido, establece con base en la más rigurosa lógica, que si un juicio afirma y otro niega, no puede darse una tercera opción: una mujer puede estar embarazada o no embarazada pero, de ninguna manera, medio embarazada. Las medias verdades privan a los destinatarios de conocer la verdad como es.

Foto: Commons Wikimedia

Dolly, disecada. Foto: Commons Wikimedia

La identidad es algo natural. A la oveja Dolly se le extrajo su patrimonio genético, pero siguió siendo Dolly y no, la que fue clonada.

Las familias tienen, pues, su propia identidad, al igual que las comunidades, las regiones, los países e, incluso, los continentes.

El ser humano (maravillosa unidad de espíritu, inteligencia, voluntad, afectos y materia) trasciende a lo meramente físico y proyecta sistemas de pensamiento diversos -ideologías- con los que trata de explicar las realidades humanas y, sobre todo, de solucionarlas.

La llegada de la época moderna (con el humanismo y el surgimiento del concepto de estados nacionales) acabó con los equilibrios de poder sobre los cuales funcionó la edad media. Los monarcas absolutistas desposeyeron del poder a la nobleza y quizá sin quererlo del todo, lo transfirieron a los burgueses (prestamistas, especuladores, comerciantes), quienes a la postre habrían de promover las primeras revoluciones políticas de la historia (como la de Oliverio Cromwell en Inglaterra (1648) y la francesa (1789).
La Revolución Industrial (mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XIX, aproximadamente) contribuyó poderosamente a reforzar a las ideologías nacientes: la supracapitalista y la socialista. Las dos se presentaron como antagónicas, sabedoras de que, en el fondo, coincidían en el propósito de imponer un gobierno mundial.

Ambas ideologías son internacionalistas y persiguen los mismos fines: concentrar la riqueza en unas cuantas manos, en detrimento de la mayoría.

Foto: Wikipedia.

Jacobo Schiff, banquero. Foto: Wikipedia.

Su falso antagonismo quedó de manifiesto en el siglo XX. Así por ejemplo, el 14 de febrero de 1916, se llevó a cabo en Nueva York el Congreso de las Organizaciones Revolucionarias Rusas, gracias al apoyo financiero y logístico de magnates como Jacobo y Mortimer Schiff, Felix Warburg, Kuhn Loeb, Otto Kahn y Olef Asxhberg.

Luego, con motivo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), las grandes potencias capitalistas (Estados Unidos y la Gran Bretaña) se aliaron a la Unión Soviética y, al concluir el conflicto, le regalaron media Europa. Esa afinidad está más que manifiesta en China Comunista, donde, en la actualidad, el régimen esclaviza a millones de trabajadores chinos para que las grandes transnacionales se enriquezcan más, día tras día.

Pues bien, supracapitalismo y socialismo se han vuelto a aliar contra un gobierno que se proclama nacionalista: el de Donald Trump, en Estados Unidos. ¿Por qué?

La respuesta es muy simple: si Donald Trump saca a la economía norteamericana del proceso de globalización, las grandes corporaciones cosmopolitas y apátridas dejarán de ganar miles y miles de millones de dólares en América, Europa y Asía.

Esa es la razón.

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